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Revisando el espacio doméstico desde la perspectiva de género

No ha habido nadie que superara la cocina de Frankfurt al día de hoy. Seguimos proyectando cocinas con el mismo sistema. De hecho, al contrario, por ahí se han perdido algunas cosas. Lo que hace ella (14) es diseñar todos los detalles. En su cocina la encimera tiene distintas alturas dependiendo del uso que le vayas a dar. También diseña un elemento, que es zócalo cóncavo, en lugar de una unión a 90° entre suelo y pared, como una unión especial para que no se junte basura. Además, es la primera cocina que se azuleja y tiene una luz que se mueve y te la llevas para un sitio y para otro, para trabajar mejor. Pero lo que me parece más importante es que es un sistema que apoya y demuestra que una política de vivienda bien pensada no es sólo hacer viviendas, sino generar todo un conocimiento y una serie de materiales nuevos. Quiero remarcar que es un sistema, porque la que conocemos todos es la que colocan en Römerstadt (ver fig. 5), pero hay variantes de ese modelo. Es una cocina pequeña, pero que tiene buena iluminación, doble entrada, una luz que se mueve, un lugar para estar sentada donde vas a trabajar más tiempo, un lugar para tirar las cosas mientras cocinas, etc. En lo que antes te llevaba más horas porque recorrías más metros, aquí te lleva menos. Ella misma propone que se hagan casas sin cocina. Cuando trabaja con Loos en Viena proponen y hacen algunas casas sin cocina. Hay distintas aplicaciones de la cocina de Frankfurt. Existen algunas otras variantes y con más espacio de circulación para un ayudante doméstico más (ver fig. 6). También hay una cocina que es para un núcleo familiar con dos ayudantes domésticos, donde la cocina ya no es pequeña y además incluye despensa y office (ver fig. 7). Con estos mismos muebles amueblan diferentes cosas; ya no es la cocina mínima: es otra cocina. Además, hacen una película para explicar cómo funciona. Y no solo eso, sino que después generan un espacio de aprendizaje, de enseñanza y prácticas en el centro de la ciudad, para explicar cómo funcionan estas nuevas cosas (ver fig. 8). No se da por sentado que la gente tiene que saber. Digamos que hay todo un acompañamiento a este cambio.

Figura 5. Prototipo n° 50, 1927. Modelo más difundido de la cocina de Frankfurt. Fuente: Minoli, Lorenza (2008). Dalla Cucina alla Citta. Margarete Schütte-Lihotzky. Ed. Franco Angeli. Milán.

Figura 6. Prototipo n° 52, 1927. Modelo de cocina para núcleo familiar con dos ayudantes domésticos. Fuente: Minoli, Lorenza (2008). Dalla Cucina alla Citta. Margarete Schütte-Lihotzky. Ed. Franco Angeli. Milán.

Por tanto, la cocina de Frankfurt es brillante como sistema para el momento que era. Pensemos que en ese momento las cocinas eran hechas a medida por un carpintero una a una. ¿Cómo haces para tener una casa obrera con una cocina como debe ser? No hay nadie que haya pensado con conocimiento de causa mejor la cocina. Lo peor es que terminas viendo que muchas veces se hacen cocinas que nadie sabe cómo funcionan, porque seguimos repitiendo que no importa, como casos de cocinas donde se pegan los fuegos a la pared y no puedes usar una sartén. Si se siguen diseñando cocinas que no se sabe cómo funcionan es porque es algo que se desprecia. Quizá tú tampoco sabes cómo gira un coche en un parking, pero no se te ocurriría hacer un parking con un giro donde un coche no entra, sino que lo averiguarías antes, ¿no?

Figura 7. Prototipo n° 52, 1927. Modelo de cocina para núcleo familiar con dos ayudantes domésticos. Fuente: Minoli, Lorenza (2008). Dalla Cucina alla Citta. Margarete Schütte-Lihotzky. Ed. Franco Angeli. Milán.

Figura 8. Cocina para enseñanza y prácticas del Instituto Pedagógico Profesional, Comuna de Frankfurt, 1929. Fuente: Minoli, Lorenza (2008). Dalla Cucina alla Citta. Margarete Schütte-Lihotzky. Ed. Franco Angeli. Milán.

L.P.: Creo que, de alguna manera, cuando se investiga o se indaga sobre la cocina podemos entender que, si bien tienen unas necesidades específicas, técnicas y de instalaciones, la variedad de propuestas puede ser mucho más amplia que lo que a priori repetimos y repetimos.

Z.M.: Se puede repensar su disposición y ubicación. No tiene por qué estar al final, sino que podrías entrar por la cocina.

L.P.: Claro. Por ejemplo, en el proyecto 110 habitaciones (15) del estudio MAIO, la cocina es el corazón de la vivienda, el lugar que articula todas las habitaciones. No sé si es la mejor cocina, porque, por ejemplo, no ventila naturalmente, pero, al menos, es una propuesta diferente (ver fig. 9).

Z.M.: O la de Cierto Estudio en el proyecto de Glòries (16), donde también la cocina está en la entrada y ventila y lo que está en el centro como articulador y distribuidor es el baño (ver fig. 10).

Figura 9. Planta tipo donde se observa la cocina como espacio articulador. Edificio 110 habitaciones.
Estudio MAIO. Fuente: https://www.maio-architects.com/project/110-rooms/

Figura 10. Variantes de configuraciones de una unidad. Baño como articulador. La Comunitat Habitacional. Primer Premio en el concurso de IMHAB “Illa Glòries” Cierto Estudio. Fuente: https://ciertoestudio.com/La-Comunitat-Habitacional

L.P.: Este tipo de proyectos sirven para ilustrar que se puede pensar de otra manera. Por lo menos, se quitan esos preconceptos de dónde tiene que estar, que es un lugar residual o que tiene que haber un pasillo que te lleve hasta allí. En ese sentido, me parece un lugar de la vivienda interesante donde ensayar posibilidades.

Z.M.: Lo que pasa es que ahí entraríamos en otro tema, que es: ¿Ensayamos con nosotros o ensayamos con el otro? Y, ¿El otro quiere ensayar en su casa? ¿Cómo quiere vivir? Yo creo que ahí aparece otro problema: ¿Cómo podemos integrar a los futuros y futuras habitantes en la decisión de su vivienda? Habraken habla de las diferentes capas de la ciudad y la vivienda y, por lo tanto, los diferentes momentos de la decisión. En ese sentido, la idea de “soportes” de Habraken (17) y todo el grupo SAR es muy interesante, porque, primero, lo que plantea él es que no todos los arquitectos tienen que hacer todo, sino que puede haber unos arquitectos que decidan sobre la estructura y otros que decidan al final cómo es esa cocina en detalle. Hay capas y momentos de decisión. Por ejemplo, en el edificio Next 21 (18) en Osaka. En este proyecto hay un grupo de arquitectos e ingenieros que hacen la estructura y otro que hace las fachadas. Éstas tienen que ser perfectibles, cambiadas y se tienen que poder mejorar cada cinco años, debido a que esto es un experimento donde cambian los habitantes y se vuelve a hacer una distribución diferente de los interiores. Ya lleva cuatro generaciones diferentes de habitantes. La habilidad y el desafío del diseño de la estructura estuvo en cómo hacer para que las cosas que son colectivas, como las instalaciones y las circulaciones, molesten lo menos posible y cómo hacer para que la estructura permitiera el máximo de variabilidad…

Después está el ejemplo de Frei Otto de Ökohaus (19) en Berlín. ¿Por qué ese ejemplo es tan poco conocido y otros ejemplos de Berlín son mucho más conocidos, aunque son mucho más rígidos? El de Frei Otto en Berlín es un conjunto donde él hace la base estructural y las circulaciones y cada vecino decide qué hace con las fachadas de su unidad y qué hace dentro de la casa. Para ello, hay distintos arquitectos que trabajan directamente con estas personas. Es un soporte estructural y de instalaciones, pero no es la idea de la mano de Le Corbusier metiendo todas las cajitas iguales. Donde en este caso ni siquiera había una uniformidad en la fachada. En cambio, en el Next 21 sí la hay, puesto que la fachada tiene un diseño específico. Aquí la clave es llevar la autoproducción a un edificio colectivo, donde lo que se ofrece es el soporte y la circulación, como si fuera la ciudad y la calle y después decides cómo la terminas. El problema es otra vez lo mismo: si tenemos que proyectar viviendas sin saber para quién en cantidades inmensas, ¿Cómo podemos hacer que ese futuro o futura habitante pueda decidir sobre su habitar y que su decisión no sea sólo si voy a Ikea o no voy a Ikea? En ese sentido, la idea de Habraken de los soportes permite esta elección del habitante. Él habla que hay diferentes temporalidades. En su libro «The Structure of the Ordinary» (20) lleva esta idea a la ciudad y cuestiona por qué en la ciudad hay que decidir todo al mismo tiempo y habla de la diversificación de las responsabilidades y los roles de los arquitectos y arquitectas.

L.P.: Estos ejemplos van hacia la idea de permitir que el habitante incida en las decisiones de su propia vivienda. Has hablando del Walden, que podría ser otra posibilidad en este sentido. También podríamos hablar del diseño participativo o co-diseño, donde ya se incluye desde el inicio a la comunidad en el diseño. En este caso, ¿Lo que dificulta dicho proceso podría ser la escala?

Z.M.: En el caso de Habraken o el de Frei Otto se incorpora a la población en un futuro, porque, en realidad, no terminan de definir el edificio. También está el concepto del open building, donde yo me compro una franja de determinados m2 y lo que haga adentro ya veré; puedo no hacer nada y el día de mañana voy construyendo a medida que necesite. Hay experiencias de este tipo, pero no son las más comunes; en realidad porque no todo sirve para todo el mundo, ni siquiera esto. Hay gente que prefiere que le den lo hecho, cosa que también está bien. En ese aspecto, la ciudad de Viena, que tiene una gran producción de vivienda pública, el 10% la reserva para experimentos. Ahí sí; en esos experimentos aparecen casas sin parking, intergeneracionales o, por ejemplo, el tercer conjunto de la serie del Frauen-Werk-Stadt (21), que ya se diseña en base a un colectivo en concreto, pero con la condición de que, de las 40 unidades, 20 son del colectivo y en las unidades restantes entrará gente que no está desde el inicio del proyecto. En ese caso sí hay participación. Creo que lo bueno sería poder diversificar la oferta.

L.P.: ¿Cuál es para vos la diferencia entre proyectos con perspectiva de género e iniciativas pensadas desde el paradigma de lo común? ¿Todo proyecto comunitario tiene algo de perspectiva de género? ¿O pensar con perspectiva de género necesariamente nos lleva a pensar de forma comunitaria?

Z.M.: No todo proyecto comunitario tiene perspectiva de género, desde luego. Pero diría que un pensamiento con perspectiva de género llevaría a algo comunitario. Hemos visto muchos casos a lo largo de la historia de proyectos comunitarios que no tienen perspectiva de género. También se puede pensar la perspectiva de género sin saber que la estás pensando. Otra vez volvemos a lo mismo: es poner la vida en el centro, reconocer los cuidados y esas tareas que hay que hacer como parte fundamental y darles un lugar prevaleciente para permitir que esa tarea no esté asignada a quien tiene peor condición social.

La perspectiva de género y el feminismo nos llevan a pensar en clave colectiva. Si pensamos en cómo resolvemos las mujeres las tareas, difícilmente las resolvamos de manera individual. Lo podemos decir que es “familiar”, que es “mi amiga que me ayuda”, pero, al final, está siempre la extensión comunitaria. Además, el feminismo para mí también busca romper con las jerarquías, con la idea de la autonomía y de lo absoluto; por lo tanto, eso sólo se puede hacer si te repiensas en una clave más colectiva y comunitaria, y no sólo humana, sino no humana también.

L.P.: La apuesta por repensar y resignificar los espacios comunes y colectivizar tareas en la vivienda colectiva pareciera ser un camino hacia modos de habitar más equitativos y saludables. En relación a este tipo de propuestas: ¿Qué pensás sobre el tema de la intimidad y/o privacidad? ¿Cómo se puede regular? ¿Qué conflictos y desafíos pueden existir en la relación entre lo íntimo y lo colectivo?

Z.M.: Creo que no se trata de suprimir lo personal, lo privado o lo íntimo -o el nombre que le queramos poner- por lo colectivo. Se trata de tener la elección de todos estos espacios y la opción de ese espacio personal, que no sea sólo el lavabo de tu casa. Por eso, ese espacio llamado “privado” muchas veces no tiene ese lugar de la intimidad personal y, cuando existe, suele estar destinado al varón, pero pocas veces la mujer tiene un espacio propio. Se trata de que cada persona que habita en la casa, tenga la edad que tenga, tenga el género que tenga, pueda tener su espacio, su tiempo –porque puedes tener el espacio, pero no el tiempo– y, a partir de allí, que se den todos los gradientes, desde la propia unidad de convivencia hasta la ciudad. La ciudad también debe permitirnos el espacio de lo personal y de tranquilidad, el estar solo o sola, poder estar meditando en un lugar público y abierto y no ser molestada. El espacio personal en lo público también es un derecho.

L.P.: Como vos decías, esta es una crítica que hace el feminismo: que la mujer nunca tuvo su espacio personal en la vivienda, “un cuarto propio”, en términos de Virginia Woolf (22).

Z.M.: Sí, pero además tener un espacio propio también es una cuestión de clase. Por eso antes hablaba sobre el tema del tiempo, porque quizás un obrero tampoco ha tenido tradicionalmente un espacio propio, pero sí ha tenido tiempo propio. Sí que tiene derecho a espacio, a esa intimidad, aunque sea en el bar bebiendo con los vecinos. Evidentemente, en las clases altas ha habido toda una historia de estos espacios de intimidad y, en algunos casos, las mujeres también lo han tenido, pero en una condición de privilegio de clase. Lo que es interesante saber es que aún en una condición de clase más desfavorecida, o en la clase obrera, hay una diferencia. Si eres varón, aunque no tengas un espacio propio, tienes tiempo o algún lugar donde ir. Una vez hice una experiencia con unas mujeres y me prometí que no lo iba a hacer más. Era un taller de varias sesiones, donde se conversaba sobre la ciudad. Era un análisis para aportar a una ley de barrios en´Hospitalet de Llobregat. El último de los talleres era sobre la casa, sobre ver qué lugar ocupabas, qué lugar tenías, quién hacía qué; eso que haces en la ciudad, pero llevado a la casa. Claro, fue terrible, porque una cosa es la ciudad, que te queda ajena y que las decisiones tú no las has tomado, pero en una familia, en una pareja, que por ahí consideran que se llevan bien, que llevan veinte, treinta o cuarenta años juntos y van bien, de golpe descubrir que no tienes ni un sillón, que todo el resto de la familia tiene un lugar y tiene tiempo y tú no, genera un impacto. Si haces ese trabajo de revisión de tí misma, porque estás buscando herramientas para replantearte eso, está bien, pero para alguien que no se lo había planteado hasta ese momento, estás provocando toda una movilización en esa persona. Me di cuenta que era terrible, porque evidentemente esa persona había construido lo mejor que podía y yo no la iba a acompañar en un proceso posterior. De hecho, en realidad, cuando empiezas a estudiar el impacto de los roles de género y, por otro lado, a entender el feminismo desde otro lugar y a conocer y ver, evidentemente eso levanta ampollas, porque la primera deconstrucción es la tuya, no es la del otro, la de la sociedad, de aquello que está fuera. La primera deconstrucción es la tuya y, además, con muchas contradicciones. Por eso hay que tener ganas de hacerlo.

L.P.: Y ahora la última pregunta para cerrar: ¿cómo imaginas una nueva domesticidad?

Z.M.: Para mí se trata de construir una nueva sociedad con otros valores, donde pongamos la vida en el centro. Eso conlleva poner los cuidados en el centro, pero no como retórica, sino realmente que ese sea nuestro objetivo: vivir y dejar vivir. Aunque ese es un lema un poco viejo sigue siendo necesario, ¿no? Vivir, dejar vivir, cuidarnos, que me cuiden, cuidar. Y ese cuidado es transescalar, porque ya no es sólo el cuidado mío y de mi familia, sino que es el mío, de mi casa, de mi gente, pero mi gente es parte de otra gente, es parte del mundo… no puedes separar. Creo que hay que dejar de separar, que es lo que ha hecho la humanidad hasta ahora: nosotros y ellos en todos los aspectos. Pero también desde la naturaleza: humanos versus la bestialidad de los otros seres. Tenemos que reconocer que somos parte de lo mismo y que estamos juntos. Creo que eso cambiaría totalmente la manera de resolver nuestras necesidades actuales y habilitaría a pensar nuevas domesticidades.

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