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Revisando el espacio doméstico desde la perspectiva de género

Siempre cuando hablamos de aplicar la perspectiva de género y pensar desde los feminismos no son recetas. No se trata de sólo dar una solución formal, sino realmente de un cambio muy profundo en la manera de situarnos en el mundo, de pensar y de mirarlo.

L.P.: Me queda la duda si este cambio es a nivel personal, social, si la arquitectura puede acompañar. ¿Es también un rol del Estado? ¿Cómo se gestionan esos cuidados? Yo lo veo como unas actividades que deberían tender a colectivizarse o, por lo menos, que no recaigan en una sola persona, que sea desde una elección o, si lo pensamos como un rol social, debería existir una estructura por fuera de la familia que acompañe o que dé esa posibilidad. Ahí pienso que quizás el Estado tenga algo que ver…

Z.M.: Yo creo que sí. Evidentemente el Estado, pero también la sociedad. Por otro lado, no todo el mundo querrá hacer lo mismo. Lo importante son las posibilidades reales de elección y eso debe estar acompañado por leyes, pero también las leyes tienen que estar basadas o en consonancia con lo que la sociedad está dispuesta a llevar a cabo, o necesita, o quiere. Una ley de avanzada en una sociedad que no se siente necesitada de ese cambio o no tiene un disconfort, no sirve. Me acuerdo, cuando se hizo la Ley de Barrios catalana, hablando con Oriol Nel·lo, uno de sus impulsores, él decía que no se puede dar un salto enorme con las leyes, sino que hay que ir paso a paso, porque si das un salto enorme -él hablaba en este caso de las personas técnicas- no hay personas preparadas para llevarlas a cabo, se queman las leyes y vuelves atrás. Las leyes tienen que ir con una sociedad que acompañe, o que lo demande, o lo necesite, o lo descubra. Toda la sociedad no es igual. Tiene que haber una parte que claramente esté en ese movimiento y otra gente que lo va descubriendo y va abriendo su mente.

L.P.: En ese sentido, me parece interesante el caso de Uruguay, que tiene una ley de cuidados donde estos pasan a ser un pilar de la seguridad social. Esta ley no es que obliga, pero articula una relación entre el Estado, la comunidad y las familias. Ofrece acompañamiento a las personas que necesitan cuidados y también fortalece una red de cuidadores a quienes se les brinda formación para que perciban esa actividad como un trabajo remunerado.

Z.M.: Claro, en países que son más pequeños, tanto en población como en superficie, pareciera más fácil gestionar ciertos cambios, porque quizás la población es más homogénea. También en los países escandinavos se hablaba, hace algunos años, de las Infraestructuras para la vida cotidiana y también infraestructuras blandas y duras. Muchas veces no es que hay que hacer más edificios, sino que se puede gestionar los cuidados mediante una ley, como dices.

L.P.: En las “infraestructuras para la vida cotidiana” (5) la propuesta es la existencia de un nivel intermediario, que no siempre se gestiona igual, entre la vivienda y lo público. Compartir espacios dentro de una vivienda podría ser una posibilidad, pero también podría ser un equipamiento público de proximidad que cubra esas necesidades de cuidado, ¿no?

Z.M.: Por ejemplo, aquí en Barcelona ya existían los centros cívicos. También está la política de los bancos de tiempo, que se genera a partir de los movimientos feministas inspirados en Italia. Y, ahora, el último avance es la gestión comunitaria de equipamientos y servicios, en donde directamente se entrega el equipamiento, con un concurso, un seguimiento y un acompañamiento, a un grupo social, que lleva adelante la gestión del centro cívico barrial.

L.P.: Por otro lado, vos solés decir que la familia nuclear es una invención del siglo XIX. ¿Podrías explicarnos esa afirmación?

Z.M.: Hasta la Revolución Industrial, la división entre lo que es productivo y reproductivo, entre lo privado y lo público, no está tan clara. Existía una unidad de convivencia que era extensa y que era una unidad productiva también. En las sociedades y talleres gremiales tenías el maestro y su familia directa -una señora y unos hijos-, pero a veces un aprendiz también pasaba a ser parte de ese grupo. Entonces, este grupo de convivencia era mayor y era un grupo productivo. O, en otra clase social, como la aristocracia -condes, duques, etc.-, el palacio no era la casa del señor duque, la señora duquesa y sus dos hijos, sino la casa de un conglomerado de gente diversa, donde había jerarquías, pero donde todos producían para poderse mantener. Esta idea de papá, mamá y dos o tres hijos que viven solos en una casa, desvinculados del espacio de la producción, aparece con la Revolución Industrial, cuando se separan los espacios del trabajo y la reproducción de la vida. Hasta entonces no estaban separados, sino que se vivía donde se trabajaba.

Todo ese cambio se refuerza por la industrialización. Cuando aparece la maquinaria ya la casa no es suficiente y aparece un sistema de generación de energía cuyas dimensiones y coste exigen el desplazamiento de la producción hacia lugares estratégicos, como, por ejemplo, en los bordes ribereños. Esto provoca un cambio en la manera de agruparse.

L.P.: Y ahí también es cuando se refuerza la división sexual del trabajo. Al hombre se le asigna el ámbito productivo y la mujer sigue trabajando en la casa, pero ya no se lo reconoce como un trabajo.

Z.M.: Y también hay mujeres de la clase obrera que trabajan en el mundo productivo; es decir, en los dos sitios. Por eso es interesante la propuesta de Godin en el familisterio. Cuando él hace su fábrica, de alguna manera lleva esta lógica preindustrial y dice: “yo tengo hombres y mujeres que trabajan en la fábrica. Me interesa que ambos trabajen 100% en la fábrica. Por lo tanto, todo el trabajo que tiene que hacer una de estas personas en su casa la voy a asumir yo como industrial y en mi ciudad, o comunidad industrial, donde habrá parte de estos obreros y obreras que trabajarán en la cocina y en las escuelas y la familia nuclear tendrá su casa, pero no tendrá que trabajar además en ella”. Fue una experiencia que estuvo bien y que tuvo sus aspectos positivos.

L.P.: También el modelo soviético iba un poco por ahí, ¿no? Por ejemplo, en edificios como el Narkomfin (6).

Z.M.: Yo creo que fue poco por ahí. Al Narkomfin lo desarticularon a los cinco años, porque no les interesaba. En realidad, a ningún régimen le interesó este tipo de experiencias. Desgraciadamente el sistema comunista no fue nada feminista. También separó lo productivo y lo reproductivo y fomentó la individualidad. Donde sí fue más fomentado, de alguna manera, fue en los países nórdicos.

L.P.: Me parece muy interesante tu mirada. Generalmente cuando estudiamos estos tipos de grandes edificios soviéticos, los analizamos a modo de experimentos sociales, pero no nos cuestionamos tanto el porqué de su fracaso. Aunque se le podrían hacer muchas críticas, son casos poco comunes, en los cuales mujeres y varones viven en lo que sería una extensión de la fábrica, con comedores comunes, donde prevalece lo común y donde existen otros trabajadores del sistema que realizan esas tareas domésticas, pero a gran escala.

Z.M.: Claro, pero ese modelo es el mismo poder soviético el que lo desarma. La cuestión también es, volviendo al tema de las elecciones, que ese modelo para todo el mundo tampoco está bueno. Habrá quien prefiere la separación o lo colectivo. Pasó lo mismo con los kibutz israelíes. Los kibutz eran un modelo de sociedad igualitaria con la idea de desarmar la idea de familia tradicional y también fue desalentado. Hay algo que los poderes ven: que la sociedad así organizada es mucho más peligrosa.

Al poder no le interesaban esos experimentos. Esas experiencias surgen de una discusión de un grupo más privilegiado, que había tenido acceso a una evolución cultural y académica, que no era la que disfrutaba toda la sociedad. No sé si todas esas personas que venían del campesinado y que pasaban a ser obreros industriales, querían ese modelo; quizá algunos sí y otros no. El modelo surge más desde la academia y los intelectuales, pero es cortado. De hecho, para mí, la Unión Soviética es maravillosa los cinco años de Lenin. Después se acabó todo experimento.

Beatriz Colomina (7) escribió sobre un evento, que es “The Kitchen Debate” (El debate de la cocina). Se trata del encuentro de Nixon con Jrushchov, delante de una exposición de una cocina donde discuten cuál de los dos modelos es mejor. Pero ¿En qué consiste el modelo? En el modelo norteamericano puedes elegir si tu nevera es rosa, verde o blanca y en el modelo soviético todos tienen nevera blanca, pero todos tienen nevera. En cambio, en el caso estadounidense no todos tienen la nevera. En realidad, no hay una discusión profunda sobre el modelo social. Si quieres sí económica, pero al final se trata de un “consumamos, consumamos, consumamos”. En lugar de rosa, verde y amarillo, todas blancas, pero los roles, los lugares de la cocina, eso no se pone en discusión.

L.P.: Volviendo a la idea de familia nuclear moderna y patriarcal, vemos que ese tampoco es el reflejo de la variedad de grupos de convivencia que existen, la vivienda está pensada para esa familia tipo. A la hora de repensar la vivienda y la idea de familia, ¿podría la arquitectura ayudarnos a proponer otras posibilidades?

Z.M.: Hay que reconocer la cantidad de tipos de familias que hay, pero, además, aunque existiese esa familia nuclear única o mayoritaria, de padre, madre y dos hijos, ésta cambia. No es lo mismo dos cuando se casan, dos cuando tienen un bebé, esos dos cuando tienen niños de menos de cinco años o cuando tienen hijos adolescentes. Esta misma familia, suponiendo que fuera uniforme, no tiene las mismas necesidades a lo largo de su vida. Entonces, tampoco esa vivienda responde. No responde en ningún momento. Además, se trata de una vivienda jerárquica, como decías, donde no se tienen en cuenta las necesidades de los niños y niñas, que varían según la edad que tienen, según sus habilidades, etc.

L.P.: Si bien no hay recetas, ¿podríamos decir que una vivienda que tienda a la flexibilidad es más ventajosa, ya que introduce la variable del cambio o la posibilidad de que el grupo de convivencia o los roles no estén determinados?

Z.M.: Eso es una posibilidad, si pedimos que todo lo resuelva la arquitectura. Otra manera es si se resuelve el conjunto más amplio, sin que tengamos la propiedad eterna de un bien, sino que vivamos en un sitio que durante un tiempo nos sirve como vivienda, otro día nos mudamos a la casa de enfrente porque somos más y después vamos a otra porque somos menos. Pero si la base es la propiedad privada esa casa por ahí tiene que ser algo que es muy difícil, la casa no puede servir para todo. En ese sentido, por ejemplo, el Walden 7 (8), que es un conjunto de viviendas en propiedad, lo resolvió con módulos de 30m2, previsto en proyecto que se pudieran unir hasta cinco módulos. Puedes tener desde 30m2 hasta 150m2. Eso ha pasado a lo largo de los cuarenta años que tiene el edificio. Se puede tener desde una vivienda para parejas en un solo módulo, después sumar otro, vivir en dos y tener un tercero en otro sitio que funcione como oficina, por ejemplo, o después, cuando tu hijo crece, se va allí a vivir, o tienes a la abuela o el abuelo que vive cerca, pero no contigo… El Walden ha permitido esta diversidad de situaciones de vida y familiares, como también de renta. Hay desde el barrendero del pueblo y el señor que colecciona Porsches, porque se puede tener 60 o 70 m2, 150 m2 o más seguramente.

L.P.: He visto un documental sobre el Walden (9) que contaba la historia de un señor que vive allí, donde primero empezó con la unidad mínima, luego se juntó con su pareja, luego tuvo hijos y fue ampliando módulos y, ahora, como ya es un señor mayor y sus hijos se fueron de casa, achicó su vivienda y volvió a la unidad mínima, cerrando el ciclo.

Z.M.: De hecho, hay cola para entrar a vivir allí, aunque es un edificio que ha recibido muchas críticas. He leído hasta comentarios de arquitectos diciendo que es horrible. Antes de opinar hay que preguntarse por qué a la gente le gusta vivir allí. Tiene patios, diferentes espacios de encuentro, transiciones…

L.P.: A mí me parece un edificio muy interesante, porque desafía ciertos patrones de la vivienda tradicional, además de su morfología extraña. Por ejemplo, la idea de pasillo, que ya no es un pasillo, sino la expansión de las propias viviendas, las circulaciones, que te invitan a recorrerlo con vistas siempre diferentes, que da la idea de un vecindario en altura. Y también la relación de proximidad que genera entre sus habitantes.

Z.M.: Sí, yo creo que lo logra al ser mucho más complejas esas circulaciones. No es la calle aérea cada dos pisos, como en muchos edificios modernos. Es una calle-cuidad y una ciudad entreverada. Es difícil moverse por ahí. Es como una ciudad medieval (ver fig. 1).

L.P.: La vez que lo visité me gustó ver las situaciones cotidianas, como el carrito de la compra, las mesitas y las macetas en los pasillos. Se ve un espacio apropiado por fuera de la casa, donde se dan situaciones domésticas en un espacio que es común (ver fig. 2).

Figura 1. Circulaciones del edificio Walden 7, Barcelona. PH: Luciana Pellegrino.

Figura 2. Espacios comunes del edificio Walden 7, Barcelona. PH: Natalia Kahanoff.

Z.M.: Es lo hablábamos antes: entre lo privado y lo público hay grises. Otra cosa interesante que tiene este proyecto es a posteriori. Cuando se hace, las ventanas son pequeñas, por el sistema constructivo, la economía, etc. y la gente quiere tener ventanas más grandes, si puede. Entonces, para ello se hizo una normativa de renovación, rehabilitación y cambio, que la hizo Anna Bofill (10), y que fue aprobada por el Ayuntamiento. Si quieres abrir una ventana más grande hay una serie de reglas que tienes que seguir, pero puedes abrirla. Está bueno, porque eso es asumir que está vivo el edificio, que hay que actualizarlo y permitir que la gente transforme en función de sus necesidades.

L.P.: En ese sentido, algo que con Habitaria venimos desarrollando tiene que ver con la pregunta de cómo podemos romper los límites binarios entre espacio público y espacio privado. ¿Cuál es tu reflexión acerca de esto? ¿Se pueden romper estos límites o, al menos, tamizarlos?

Z.M.: Yo creo que sí. Hay muchos ejemplos buenos, como lo que hablamos recién del Walden. Por ejemplo, pasarelas o terrazas de acceso a los lugares, que tienen un cariz intermedio comunitario. O lo que hablábamos al principio sobre cómo el edificio se define en la planta baja: qué ofrece y qué actividades tiene o cómo es la fachada. Esto también genera otro nuevo espacio de transición entre la comunidad y el afuera. Yo creo que no es necesario que sea tan rígido ese límite. Evidentemente, sí es bueno tener un claro espacio afuera, porque es cierto que un espacio público tiene una condición diferente a un espacio privado o a uno de uso comunitario, y hay diferentes reglas de utilización. Está bien que estén y que existan estos espacios diversos, pero que no sea eso una puerta que separa uno del otro.

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