Suscribir al newsletter:

Lo trans, lo colectivo, lo común: experiencias fragmentadas de vivienda

Lo colectivo

“La Pocha metía diez travas en su casa para que la mantuvieran, pero nos daba la familia que no teníamos o de la que nos habían echado”

Lohana Berkins (Fernández, 2020).

Lohana Berkins (Fernández, 2020, pg. 188) decía sobre las marcas de las travas: “son nuestras, sólo nuestras”, y que justamente era eso lo que compartían, lo que las unía: ese sufrimiento que era común para ellas y diferente para el resto . Por esta razón, y en vista de las resistencias al poder, las experiencias de vivienda colectiva que surgen desde el colectivo trans-travesti son una potencia política que habla desde la diferencia. Son expresión de una cercanía íntima entre quienes no se pueden encontrar y se hallan en los márgenes, dice Marlene Wayar (5) (Varela, 2019), donde son expulsadas más allá de lo ininteligible y pueden hacer sus propias comunidades.

En este escenario cabe destacar el papel que ha tenido el Hotel Gondolín, un espacio emblemático de autogestión y orgullo travesti-trans, que ilustra con sus redes habitacionales la convocatoria de subjetividades marginales, que tanto Estado como la sociedad expulsaron de sus proyectos y formas de vida. Si Henri Lefebvre (2013) decía que a un lado y otro del saber está el cuerpo y los actos del mismo, la reapropiación del cuerpo que se viene llevando a cabo hace más de 20 años en el Gondolín se encuentra profundamente ligada a la reapropiación del espacio.

En él se ha podido y sabido construir un sentido de agencia colectiva, en la posibilidad de hacer/se colectivamente en un contexto de transfobia y de competición dentro del comercio sexual. Por ello, como expresa Di Pietro (2015), es vital reconocer el privilegio epistémico cultivado allí, no sólo como consecuencia de la marginalización, sino también en oposición contra la inclusión homonormativa.

El Gondolín es un bastión comunitario, la expresión de voluntad por una vida mejor, por una alternativa distinta de futuro. Funcionó hasta el año 1999 como hotel familiar, ligado a la zona roja de la calle Godoy Cruz, en las que su dueño, aprovechando que nadie quería alojarlas, pasó a alquilarles las habitaciones superpobladas al doble de precio y en condiciones higiénicas y edilicias insostenibles. Luego de un proceso que incluyó una serie de clausuras e intentos de desalojo, las chicas que residían hasta ese entonces se hicieron cargo y, a través de un complejo proceso cooperativo, pudieron restablecer las condiciones de habitabilidad. Allí, sus prácticas y conocimientos de costado (Di Pietro, 2013) se volvieron una potencia de resistencia mediante la gestión colectiva del espacio, con la que descolonizan prácticas, reflexividades y teorías espaciales.

El primer obstáculo para la consolidación del espacio como lugar propio fue la construcción de legitimidad como un recurso importante para generar y acumular, pues puede contrastarse con la legalidad y su instrumento estatal de fuerza. Las quejas y denuncias iniciales de sus vecinxs y el posterior trabajo con lxs mismxs permitió que sus cuerpos pudieran comenzar a ser vistos a la luz del día, imponiendo una relectura de los mismos como residentxs.

Al interior, las chicas se llaman entre sí, en una suerte de organigrama, con nombres familiares, en el que las más antiguas y experimentadas adquieren los apodos cariñosos de Tía o Abuela, papeles que son actuados y asumidos. Así, el Gondolín disemina las bases materiales con el objetivo de ampliar el medio de supervivencia más allá de la familia nuclear; es decir, produce nuevas estructuras de unidad social reproductiva capaces de favorecer la difusión de un sistema de valores distintos (Hester, 2019).

La dirección del Gondolín circula de boca en boca entre quienes llegan a Buenos Aires en busca de un hogar, principalmente de las provincias del norte de Argentina. Muchas “toman el micro, preguntan dónde queda Villa Crespo y van directamente a golpear la puerta del Hotel”. Al respecto, la “tía” Zoe, quien hace más de 25 años que vive allí, cuenta que diariamente le golpean su ventana de planta baja para preguntarle por un lugar: “si tuviéramos un edificio de ocho pisos como el de la esquina, habría lugar para todas, pero sólo tenemos el Gondo, nos queda chico» (Varela, 2019, s/n).

En sus más de dos décadas de existencia, para muchas de las chicas que pasaron por allí significó además un espacio que las impulsó a capacitarse, estudiar e insertarse en el mundo laboral, de manera que el trabajo sexual dejara de ser la única opción posible. Un actor fundamental en estos procesos fue el Bachillerato Mocha Celis, fundado en el 2011 con la misión de promover la inclusión de personas trans/travestis en la educación formal. En el actual contexto de emergencia sanitaria, la Mocha Celis gestiona y coordina un teje solidario, con el que se organizaron redes de contención de alimentos, trámites, apoyos en bienestar y salud para cientos de chicas trans-travestis en el AMBA.

Surgen, entonces, una serie de preguntas: ¿cuándo, dónde y por qué un conocimiento desatendido, una realidad ignorada -la del espacio y su producción- comienza a ser reconocida? Es, tal vez, en este tipo de casos, con la reinyección de un contenido en la forma, que se puede destruir ésta y abrir el camino a la innovación. El proyecto, por tanto, será desarrollar y dar cuenta de cuáles son las experiencias y problemáticas, como así también demandas, de quienes son invisibilizadxs por las categorías y cuya ausencia está marcada por un marco interseccional (Di Pietro, 2019). Su participación implicará generar mecanismos de pluralización del hacer y del saber, pero, sobre todo, una reconfiguración de la separabilidad que la política pública contiene respecto a técnicos que saben y poblaciones que hacen (Di Pietro, 2019). Al respecto, Maria Moreno (Fernandez, 2020, pg. 13) habla de la importancia de que las voces trans se hagan oír más allá del registro testimonial con que se les suele invocar, ya que “el cuéntame tu vida no es mera anécdota, sino una fuerza corrosiva para hacer del conocimiento una interpelación al Estado y una herramienta que nadie puede incautar”.

Los comentarios están cerrados.