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Arquitectura, urbanismo y compromiso social

Podemos caracterizar los procesos de la globalización como aquellos de la pobreza excluida (excluida de la atención del Estado) y la riqueza excluyente (con su manifestación separatista de guetos de riqueza en la “mancha” de la pobreza), con su corolario, la ciudad partida. Dividida entre su parte formal, controlada por el poder público, y su contrapartida, la parte informal, la favela, librada a su propia suerte, con sus propias leyes.

Pero esta parte informal, precaria y “temporaria”, es también el lugar donde se dan procesos vitales marcados por flujos incesantes de personas, mercaderías, informaciones y representaciones cambiantes de vida.

Hay en la informalidad una esencia creativa como fuente de permanente intercambio entre las personas y que, en esa perspectiva, puede funcionar como una referencia para una “terapéutica política” para el conjunto de la sociedad, en el sentido en que Jacques Derrida usaba este concepto. Es decir, como referencia para una convivencia de las diferencias, aun en situaciones de falta, de carencia y de entornos físicos sin ninguna cualidad. Pero que, a pesar de eso, presentan una intensa dinámica de intercambios, creatividad y gestión compartida de los escasos recursos. Y es en este sentido, de aguzar el potencial de imaginación para utilización de los medios materiales y humanos, que la vida en la informalidad tiene algo de muy positivo. Aguzar nuestra percepción para la singularidad de cada situación en la perspectiva de su  articulación al circuito de la interconexión y la información, revelando potenciales.

La vida en la informalidad enseña una forma de vivir para poder sobrevivir, caracterizada por una actitud que tiene mucho que ver con el humor como forma de encarar los problemas.

La ambigüedad es, en este sentido, pieza fundamental de la informalidad. Ella implica una dialéctica entre el orden y el desorden, y la capacidad de indeterminar las cosas, de confundirlas. Implica una sabiduría del esquivarse, que es también lo esencial del “malandraje”. Una especie de sabiduría ética que posibilita mezclar las cosas, en un universo de lo formal-legal dominado por la rigidez, la dureza, la nitidez y las “posiciones claras”.

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