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El sujeto de la intervención y el dilema ideológico

Una reconsideración de los condicionantes de clase en el abordaje de la problemática de la marginalidad y la exclusión habitacional.

1. Presentación

Intervenir sobre males estructurales sin cambio de estructura plantea necesariamente los dilemas del reformismo… con una única excepción: el caso en que quien intervenga sea un reformista asumido. No es mi caso.

Yo ingresé en la acción política luchando contra la traición de los reformistas. Y siempre he mantenido una posición crítica ante el reformismo de izquierda en la Universidad: ese mesianismo profesionalista que apela a los problemas sociales para legitimar su hegemonía social. He combatido y combatiré siempre esa posición pseudo-progresista del pequeño burgués  autocomplaciente, que quiere dormir tranquilo sin renunciar a sus privilegios.

Frente al idealismo voluntarista he insistido en que el profesional nada puede hacer, per se, si no existe en la realidad una política que factibilice y canalice esa vocación social hacia programas concretos.

Ahora bien ¿implica ello que niegue toda posibilidad de incidencia social o promueva una actitud nihilista? En absoluto.

Implica que la energía transformadora debe canalizarse hacia el apoyo de aquellas plataformas de actuación —públicas y privadas— que contengan explícita y prácticamente programas de mejoras sociales y los viabilicen de algún modo. O, al menos, operen como medios de presión política en ese sentido.

Esta convocatoria de la FADU es una de esas plataformas. He tenido mis reservas en participar, pues la temática de este «Programa sobre Hábitat y Pobreza Urbana en América Latina» posee un indiscutible núcleo socio-económico y técnico y ése no es mi ámbito de trabajo. Mi ámbito es el ideológico y cultural. Pero, a instancias de los organizadores, he considerado la posibilidad de participar con una crítica ideológica de los actores técnicos de las intervenciones sobre el hábitat de la pobreza, con el fin de alertar sobre los prejuicios y desviaciones sectoriales que distorsionan el abordaje de la problemática social.

En toda actuación profesional, por más técnica que fuera, se pone en acción un conjunto de representaciones ideológicas y valores que dirigen la acción. Inexorablemente: la asepsia es imposible. Pues los valores universales, de existir, no son suficientes para instrumentar la producción concreta: es necesario poner en acción valores particulares, relacionados con la vida real , con los hábitos y costumbres. Y en ellos se filtrarán necesariamente los parámetros vitales del técnico.

En el universo ideológico de esa acción confluyen tanto: las ideologías de clase y sector como los valores personales. Y no es fácil expulsarlos. ¿Y por qué expulsarlos? Porque es materialmente imposible que los contenidos de ambos universos coincidan punto por punto con los propios del entorno colectivo o individual sobre el que el técnico ha de operar. Si estas divergencias ya se observan en los servicios al mercado, qué no puede esperarse cuando se trata de operar en sectores que no acceden al mercado. Precisamente, la profesionalización de la gestión del hábitat implica esa distancia: al hábitat profesionalizado no lo configuran sus habitantes sino agentes especializados; y la especialización , de por sí, parcializa a los intervinientes, los diferencia como sector.

Toda división técnica  del trabajo crea las condiciones para el desarrollo de representaciones sesgadas, o sea,  ideologías de sector. (Tengo toda la sensación de estar diciendo obviedades;  pero algo me dice que son indispensables). Doy por sentado que, a las personas con experiencia en el trabajo social, la propia realidad los ha careado con estos desajustes y han superado las limitaciones que el perfil ortodoxo del técnico le impone al pensamiento y la acción social. Pero en el terreno de la ideología toda prevención es poca. No creo en el fatalismo clasista; pero reconozco la tenacidad de las matrices ideológicas que acechan a la conciencia desde lo inconsciente. Y me interesa, aún más, señalar este riesgo en el ámbito proyectual; pues los códigos del hábitat, activos en el arquitecto, son de naturaleza más inconsciente aún que los vectores económicos o tecnológicos. La tarea proyectual está plagada de reflejos condicionados de origen clasista.

Me dirigiré, entonces, principalmente a los arquitectos, y en  especial a aquéllos que aún no tienen experiencia en el trabajo social; aunque —por el solo hecho de estar aquí —es obvio que poseen claras inquietudes sociales. Supongo —con ciertos argumentos— que es en ese entorno donde la autocrítica ideológica es más débil y con menos tradición. Y, por lo tanto, más urgente.

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