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El diseño social en perspectiva latinoamericana

Cambios de las formas sociopolíticas globales, desde 1970 en adelante

Alineado a la crisis derivada de las guerras mundiales y de las tensiones entre los bloques sociopolíticos, Occidente fortalece políticas económico-productivas de corte desarrollista con componentes sociales vinculados a lo que se denominó Estado de Bienestar. Desde la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo (1973) la economía impulsada por las dinámicas productivas de los cambios socio-técnicos creció sin pausa a nivel mundial. Este proceso, con las particularidades de cada territorio -que no fueron menores- se sostiene en el mundo occidental hasta esa crisis de mediados de la década de 1970. En este contexto, el fortalecimiento de las visiones económicas de corte ortodoxo establece las bases para un conjunto de políticas económicas orientadas a lo que se denominará neoliberalismo, haciéndolas oscilar, según la mirada de Stiglitz (2004), excesivamente lejos de las anteriores concepciones y durante demasiado tiempo. Sostenidas en la reacción a los “fracasos” del Estado de Bienestar, dichas políticas entre sus bases conceptuales definen un estado que “no debía intervenir en la economía, ni controlando, ni generando, ni distribuyendo riqueza, ya que estas últimas funciones hacían que el Estado elevara considerablemente su presupuesto” (Stiglitz 2004: 4). La estrategia central, para cerrar la situación de crisis consistía en reducir las erogaciones del Estado, el llamado gasto fiscal. Finalizando la década de 1970 se puso en marcha una serie de planes de ajuste y recortes presupuestarios en una importante cantidad de países de Occidente. Las áreas de salud y seguridad social, así como los derechos del trabajador, fueron fuertemente afectados (Fontana 20134). En la década de 1980 y en los inicios de 1990 se estableció una serie de lineamientos de corte político y económico que fueron vehiculizadas a los diversos gobiernos a través de los organismos financieros internacionales y el tesoro de los Estados Unidos. Estos lineamientos se asocian al llamado Consenso de Washington y consistían en estrategias para el desarrollo centradas en las privatizaciones, la liberalización de los mercados de capitales y la macroestabilidad (precios) (Stiglitz 2004: 3).

En paralelo, durante el mismo periodo histórico se profundiza el proceso de transformación sociocultural en el marco del desarrollo científico tecnológico. Una nueva revolución industrial centrada en las tecnologías de la información, modificaron en pocas décadas las bases materiales de la sociedad (Castells 1999). Durante los años 1980 se posicionó la gestión tecnológica como estrategia para el desarrollo empresarial (Escorsa Castells y Valls Pasola 1997). La investigación y el desarrollo se transformaron en parte de los enfoques de estudios sobre el crecimiento económico (Porter 1985, Roberts 1987, Matthews 1990). Los avances en las áreas tecnocientíficas se consolidaron a través de las miradas divergentes sobre los procesos. Los acervos técnicos conquistados permitieron la revisión y reedición metodológica,  ampliando el parque productivo en orden al capital intensivo a nivel mundial a través de los nuevos métodos de organización productiva, en el marco de la especialización flexible y la gestión del “justo a tiempo”, entre otros.

El aumento de poder del capital frente al trabajo se volvió exponencial. El desarrollo tecnocientífico y las nuevas condiciones sociopolíticas globales proponen, con intensidades y orientaciones diferentes según la naturaleza de las fuerzas políticas y las instituciones de cada país, un paulatino pero constante declive de los movimientos sindicales y una individualización y diversificación crecientes en las relaciones de trabajo (Castells 1999). Se constituye una amplia heterogeneidad de la clase trabajadora: existen individuos muy especializados trabajando en empresas con cierta estabilidad y con mayor capacitación; también trabajadores “flexibilizados” con una gran inestabilidad laboral, y otros, directamente desocupados, marginados o caídos del sistema. Las condiciones de producción de este período histórico reavivan el debate sobre “lo laboral” con el surgimiento de teorías acerca de la pérdida de centralidad del trabajo y aquella otras referidas a su “fin” (Gorz 1988, Rifkin 1995, Offe 1996). En términos de la situación de los flexibilizados, ya a mediados de la década de 1990 Robert Castel sostenía que el proceso de precarización del empleo era irreversible (12). La representación del desempleo como un fenómeno asimismo atípico, en resumen, irracional, y que se podría erradicar con buena voluntad e imaginación, sin que las cosas cambien, es sin duda una expresión de un optimismo caduco… la precarización del empleo y el desempleo se han inscripto en la dinámica actual de la modernización” (Castel 1995 [1997: 404]).

La revisión de lo social en los diseños en el marco de las perspectivas sociopolíticas globales, post crisis del petróleo

La cuestión social de los diseños se fortalece fuertemente en este período histórico, redefiniendo y diversificando sus orientaciones teóricas y sus prácticas. Se observa un doble efecto en términos de desarrollo disciplinar, con importantes matices intermedios, que dado el carácter de este texto no especificaremos exhaustivamente, pero que se vuelven centrales para comprender la diversidad de miradas en el marco de lo postmoderno en contraposición al periodo anterior (Bernatene 2015).

Por un lado, comienza un crecimiento y difusión exponencial de “los diseños”, vinculándolos a las nuevas dinámicas socio-técnicas, posicionando con ímpetu el desarrollo de materialidades para el consumo de elite. Las críticas del movimiento moderno respecto al consumo y su consecuencia degradante para el medio cultural y ambiental se subsumen en las necesidades de desarrollo productivo, apertura de mercados e incremento del comercio mundial. Las disciplinas proyectuales comienzan a posicionarse como factor de innovación, y para los años 90 se asume la vinculación directa entre esas dinámicas y la disciplina (Buesa Molero 1996, Bonsiepe 1998, López 1998) (13). Su importancia en el marco del desarrollo de la oferta artefactual se acrecienta día a día. A tal punto que, “curiosamente”, hasta se separa como un subconjunto del campo objetual. Algunas producciones artefactuales se clasifican como “objetos de diseño”.

Por otro lado, se traza un itinerario de prácticas proyectuales fuertemente basado en un redimensionamiento del discurso racionalista-funcionalista para el desarrollo artefactual en acuerdo con las condiciones de accesibilidad en el uso, a partir de la búsqueda de la integración social. Se revisan marcos de eficiencia en la relación sujeto-objeto: a partir de la incorporación de nuevos usuarios se focaliza en aspectos del colectivo social en términos de condicionamientos psicofísicos. Como ejemplo, véase la necesidad de adaptar el medio físico a las personas vinculadas al concepto de eliminación de barreras (14). Comienza un proceso de institucionalización disciplinar en este marco, proceso de retroalimentación crítica y específica impulsada por el contexto sociopolítico (15); así, en el año 1989 se acuña el concepto de diseño universal.(16)

Las orientaciones de prácticas inicialmente referidas a la integración, fuertemente arraigadas a partir del establecimiento de marcos normativos, re-visionan sus fundamentos acercándose a los discursos vinculados al concepto de inclusión. Este proceso se fortalece en el año 1994, cuando el Seminario Iberoamericano de Accesibilidad al Medio Físico celebrado en Rio de Janeiro plantea la superación del concepto de accesibilidad en el marco del Diseño Universal.(17) Este proceso de desarrollo de uno de los componentes del diseño social, en clave de abordaje abarcador (Giono 2013: 12), propone una mirada de convergencia, de incorporación para el uso igualitario de los bienes materiales, basado fuertemente en una lógica de avance y mejoras de la eficiencia de usabilidad, entendida en referencia al usuario directo del bien, concepto muy cercano al de adquiriente, al de consumidor. Esta caracterización del programa de desarrollo artefactual limita la universalidad sólo a ese actor. A su vez no parece contemplar —o lo hace en muy escasa medida— las referencias de formas de adquisición, es decir cómo el sujeto social accede al uso del artefacto. Si bien se verifican en la corriente algunas acciones en este sentido, no parece ser un tema central en su método o sus ejes analíticos.  A su vez en cada una de las  etapas del producto —desde la extracción de las materias primas hasta sus formas de descarte, pasando por los procesos de distribución, producción y por supuesto el uso (de la cuna a la cuna)— no se verifica preocupación o direccionamiento de la acción en términos de cualquier otro tipo de usuario que  no sea el adquiriente (18), seccionado su hacer en el marco de las dinámicas de consumo. La afectación social de las decisiones proyectuales tomadas sobre el artefacto es amplia en cada etapa, en términos políticos, sociales, económicos y ambientales. Sin embargo, estas revisiones y reedición del enfoque racional funcionalista en torno a la problemática contemporánea, parece mantenerse dentro de los mismos ejes relacionales con el consumo que Maldonado criticaba en torno a la actividad del proyectista en la década de 1960:

Creíamos que los productos ‘bien diseñados’ podían bastar, por si solos, para aviar un orden —un orden contagioso— en el medio del desorden inenarrable del mercado capitalista. Nos engañamos. Nuestros productos, contrariamente a lo que imaginábamos, se revelaban eficientes como agentes de proliferación: introduciendo en el mercado, de hecho, nuevos arquetipos sin sustituir los ya existentes… de pronto constatábamos, no sin embarazo, que nuestra actividad como proyectistas contribuía a la devoción irracional por las mercancías… (1965: 188-189)

Es decir, estas corrientes proyectuales no parecían preguntarse sobre la incidencia de cuestiones que Bernatene (2015) señala como indispensables en términos de la honestidad intelectual disciplinar: los proyectos políticos, las formas de distribución de las riquezas, el ejercicio del poder y el control a lo largo de las cadenas de valor que estas prácticas proponen o promueven. En cambio, sí se comienza a tratar el tema de la participación de los usuarios en las decisiones sobre su entorno proyectual y productivo.

Este formato de la proyectualidad desde el neo-racional-funcionalismo se fortalece en el período llegando a nuestros días como parte importante del componente social de los diseños. Junto a esta corriente se observan algunas otras como el diseño centrado en el usuario, el diseño para todos, el diseño trans-generacional, con pequeñas o amplias diferencias vinculadas, no sólo en su fundamentación conceptual, sino en su práctica específica, en su relación con lo social y también con lo ambiental. El diseño centrado en el usuario (DCU) tiene su institucionalización en el año 1986 con la edición de libro de Donald Norman y Stephen Draper User Centered System Design: New Perspectives on Human-Computer Interaction (Diseño de sistemas centrado en el usuario: nuevas perspectivas sobre la interacción hombre-computadora), surgido de los estudios acerca de los sistemas informáticos y la necesidad de hacerlos más accesibles en términos de uso. La convergencia de investigaciones y desarrollos en ese campo alimentaron esta corriente del diseño social que fue estableciendo métodos y procesos para hacer intervenir al usuario en las decisiones, en el proceso proyectual, generando estándares internacionales como la ISO 13407:1999, Human-centred design processes for interactive systems. El DCU enuncia la necesidad de la multi-disciplinaridad para dar respuesta a la complejidad del uso de este tipo de sistemas.

Las orientaciones sociales del diseño contemporáneo mencionadas parecen tener fuertes nexos coincidentes en los ejes de estudio en conflicto: los desarrollos tecnocientíficos y el modelo sociopolítico postcapitalista. El proceso de retraimiento del Estado produjo la disminución del acompañamiento social que éste ejercía hacia los sectores poblacionales vulnerables o desafiliados (Castel 1995). Con diferentes perfiles políticos y capacidad de acción, los actores disciplinares se plegaron al esfuerzo de suplir este retiro del Estado a partir de la acción de la sociedad civil. Durante el período, las líneas de los diseños sociales mencionadas se retroalimentaron, ampliando y diversificando sus posicionamientos, inclusive vinculándose unas a las otras y posicionándose como partes constitutivas de las disciplinas proyectuales. Sus manifiestos, objetivos y métodos se entrelazan y dialogan en todo el abanico del hacer disciplinar. Su presencia en la formación académica también se ha extendido siendo parte de los programas actuales. A su vez en muchos casos, como hemos mencionado, se han adoptado y son parte de las estrategias de desarrollo del conglomerado productivo, estableciendo lineamientos y estrategias para la concepción y producción artefactual, para la planificación y evaluación urbana y arquitectónica, no sólo en el ámbito privado sino también en la esfera pública y la sociedad civil. Parte de este conglomerado de prácticas nucleadas en los diseños sociales se ha transformado casi en sentido común.

La situación sociopolítica de Latinoamérica contemporánea

El territorio latinoamericano no es ajeno al contexto sociopolítico contemporáneo. Las políticas socioeconómicas ortodoxas de reacción al Estado de Bienestar se administran con diferentes niveles de intensidad también desde mediados de la década de 1970, con una oscura particularidad: la aplicación de una extrema violencia física y simbólica por parte de los Estados a partir de la acción de agentes militares en el poder y en el marco de la interrupción del orden democrático-institucional.

Dentro de América Latina el caso argentino es paradigmático en cuanto al desarrollo de políticas de corte neoliberal. Los organismos internacionales que alentaron su aplicación a nivel mundial expusieron durante buena parte de la década de 1990 (ya con el orden democrático restablecido) el caso argentino como modelo exitoso de la aplicación de sus políticas. La postcrisis de 2001 también resultó un ejemplo en relación con sus graves consecuencias en términos socio económicos. Stiglitz señala lo falaz del discurso internacional: “en la década de 1990 (Latinoamérica) tuvo la mitad del crecimiento alcanzado en los años sesenta y setenta, las décadas marcadas por las políticas ‘fallidas’ de sustitución de importaciones.” (2004: 5-6). La receta del Consenso de Washington no provocaría crecimiento con equidad, y la redistribución no era simplemente una cuestión de definiciones políticas de segundo orden, sino que su afectación era inmediata y central (Piketty 2008).

En ese período, Argentina transmutó de una sociedad articulada en el marco del desarrollo industrial a otra de clara hegemonía financiera (Azpiazu, Schorr 2010: 19). Las profundas modificaciones sociopolíticas producidas por el cambio de modelo de acumulación del capital con desarrollo de industrialización por sustitución de importaciones a otro de inserción financiera (Lindenboin 2008: 28-29) le quitó vigorosamente la atención al mercado interno y, por lo tanto, al poder adquisitivo del trabajador, relativizando su importancia en la construcción de valor. La aplicación de estas políticas generó un profundo deterioro, entre otras consecuencias, comprobado en el proceso de precarización e informalidad laboral y desempleo (Altimir y Beccaria 1999, Damill, Frenkel y Maurizcio, 2002) (19)  que produjo en Argentina el incremento de un 5 % de desocupación y de un5,4 % de sub-ocupación registrados en 1974 a un 21,5% y un 18,6% respectivamente en 2001 (Neffa 2008: 20). En ese mismo campo acontece una pérdida de participación de la industria en el PBI que de un 28,3% en 1974 descendió a sólo un 15,3% en 2001 (Aspiazu y Schorr 2010: 30, 90 y 148) (20) con su consecuente proceso de primarización de la economía, además de la conformación de oligopolios en las ramas productivas más importantes en relación con el PBI (Azpiazu y Schorr, 2010) y de un proceso de extranjerización del capital.

El fuerte incrementoen el número de trabajadores marginales o informales, con trabajos temporales significó un quiebre en la unidad (homogeneidad) de la clase trabajadora y en los reclamos obreros del período comprendido entre 1945 y 1970.  Estos y otros factores fueron generando un acentuado retroceso de amplios sectores de la población en las relaciones de reparto. Combinado con un fuerte retraimiento del Estado de Bienestar se dificultó de manera creciente el acceso de amplios sectores de la población a derechos como vivienda, educación, salud y trabajo, situación que alcanzó un pico de tensión entre fines del siglo XX e inicios del XXI. Las emergencias devenidas de la crisis social del período proponen, en lo disciplinar, la revisión, ampliación y redefinición de los componentes sociales de los diseños.

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