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Desafíos y aproximaciones, hacia una ciudad más justa

Algunos precedentes de acceso a la ciudad para las clases populares

Voy a pasar a leer y comentar un viejo texto de hace un par de años, no es tan viejo, donde intentábamos dar cuenta de estas cosas para una actividad que se hizo aquí mismo. Podríamos sintetizar en que la discusión que nos convoca es acerca de los estándares que nos hemos fijado como horizonte en la búsqueda de un hábitat justo, y como su natural consecuencia, de la evaluación de los grados de concreción que las distintas políticas regionales han concebido en la búsqueda corriente de estos objetivos. Esta síntesis, expresada así sin más, podría esconder dos reduccionismos: el primero que vendría a suponer ese horizonte como una serie de objetivos universalmente compartidos, lo que estaba poniendo en discusión al inicio, o lo que es igual, que la interpretación del derecho a la ciudad en este caso es unívoca y por fuera de la historia.

El segundo equívoco supondría un acuerdo social generalizado, tácito o explícito, en la búsqueda de un fin loable, sin contradicciones de intereses ni equívocos procedimentales en su implementación a la vista. Sin embargo, evidentemente, estos objetivos, aún los menos ambiciosos, generalmente tardan en volverse concreciones, mientras insistimos en lograr nuevos productos con iguales herramientas. Sería preciso entonces introducir o recordar algunas variables que no por obvias debían ser excluidas de la ecuación.

Acerca de la historicidad de los objetivos. Cuando introducimos a nuestros estudiantes en las políticas públicas urbanas que han existido en nuestro país, también cayendo inevitablemente en nuestros propios reduccionismos, recurrimos a dos momentos de clara infracción: el de la propia constitución del estado como tal, en el proyecto de las élites oligárquicas avanzado el siglo XIX, y el del intento de constitución de lo que podríamos denominar genéricamente un estado de bienestar a mediados del siglo XX. Ambas experiencias han tenido sus correspondencias y paralelismos en formas más o menos contemporáneas en los demás países de Latinoamérica. Para su ilustración solemos traer, a modo de máximas ejemplificadoras, dos respectivas frases paradigmáticas. Decía Eduardo Wilde en su curso de higiene pública en 1885: «Así los barrios centrales aristocráticos, ricos, lujosos y cuidados de las ciudades no serán salubres si en los alrededores no se observa una prudente higiene y si el capital no interviene para formar allí jardines, vía pública limpia, habitaciones aseadas, aunque pequeñas y baratas». Tampoco la pavada. «Por egoísmo, las gentes acomodadas de las poblaciones, deben cuidar el modo de vivir de los pobres, porque la salubridad de una ciudad es un resultado de muchos factores y no un producto de la acción individual o colectiva aplicada a una sola sección, a una sola calle, a un solo barrio».

Aquí, lo que podríamos calificar hoy como una suerte de tecnocracia higienista, intentaba que sus pares de clase comprendieran que no queda más remedio que hacer algunas acciones, aunque más no fuera justificadas, en un sano egoísmo pragmático en función de lograr un, “bien común”, un derecho compartido. A este pensamiento tan claro y explícitamente confesado, le debemos la conciencia de la necesidad de infraestructuras básicas, aunque mal no fuere para no transmitir enfermedades que no reconocen diferencias sociales. Por otro lado, la escuela pública, aunque también tuviera por objeto unificar y amalgamar una nación reductiva de lo nacional.

A mediados del siglo siguiente, decía Evita, La razón de mi vida. Hay una anécdota muy particular de esto que me pasó el otro día en La Matanza, comentando esto mismo, que si tenemos tiempo la cuento. Las obras sociales de Europa son en su inmensa mayoría frías y pobres. Muchas han sido construidas con criterios de ricos, y el rico, cuando piensa para el pobre, piensa en pobre. Está hecho como si fuese para el más rico y exigente de los hombres. Yo creo que al dolor de los que sufren es inhumano agregar otro dolor, por pequeño que sea. Otra concepción distinta a la de Wilde, que podríamos rotular populista o del campo popular, al igual que sus paralelos regionales de raigambres o un poco más católicas o un poco más marxistas, iguala el término justicia al de reparación. Ya no es una conveniencia pragmática, es una restitución. En la necesidad de provocar un desequilibrio inverso capaz de contrapesar el desequilibrio original. ¿Se entiende la diferencia? Advierte sobre los relatos entonces, y hoy a la orden del día, que pretende convertir la pobreza desde la pobreza de pensamiento, o por medio de una burocracia homogeneizante. A esta concepción le debemos el acceso generalizado a bienes y servicios, la distribución equitativa de la renta, el uso de la espacialidad pública por las mayorías, entre otras conquistas. Extrañamos también de aquellos tiempos la articulación y planificación estratégica de las políticas de estado, pensadas mucho más integralmente, en una buena sumatoria de acciones contracíclicas, que es lo que vivimos hace poco.

No quiero parecer un nostálgico, nada más lejano a un proyectista, si hay algo de lo que somos conscientes es que los contextos no se repiten. Seguramente erramos en parte juzgando la política del pasado desde parámetros presentes, pero resulta inevitable volver la mirada para saber de dónde partimos, pues además ambas concepciones siguen aún en pugna. Más aún, su revisión y pleno conocimiento resultan tanto o más necesario cuando se pretende retrotraer la discusión hasta llegar a cuestionar la propia existencia de políticas públicas en esa y otras materias. Lo que les decía al principio, de volver la discusión a foja cero nuevamente como si nada hubiera pasado. Los consensos, estas agendas urbanas sobre las cuales hemos charlado también y el centro y el instituto han producido textos, ya parecen no ser tales y cíclicamente se nos obliga a rediscutir lo que ya parecía saldado y patrimoniado.

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