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Co diseño de espacios públicos: la práctica de proyectar consensos colectivos

Mi experiencia como antropóloga dentro de la gestión estatal me ha llevado a desarrollar aprendizajes en torno a las ciencias sociales aplicadas. Dentro de los procesos participativos asociados a proyectos de espacio público, existen algunos casos en donde el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se ha visto involucrado mediante dispositivos de co-diseño junto a vecinos y vecinas de diversos barrios. Me interesa compartir algunas reflexiones en torno a cómo se pueden abordar este tipo de proyectos desde una mirada metodológica interdisciplinaria. En particular, plantear el dilema desde el rol de equipo técnico a partir de la generación de consensos, su traducción en lineamientos de diseño y la articulación con el equipo proyectual.

En primer lugar, no considero que mi práctica profesional haya sido en torno a la participación ciudadana sino asociada a procesos de co-diseño de espacio público. Elijo este término ya que hablar de procesos de participación desde el Estado es complejo y mi práctica profesional no formó parte de decisiones en relación a la articulación política o diálogos con diferentes organizaciones sociales. En este sentido, me parece necesario profundizar una reflexión crítica del rol de la participación y la articulación de las organizaciones sociales, políticas o personas interesadas en formar parte de decisiones de consenso, sin embargo no es el objeto de este escrito.

Para considerar mi rol dentro de estos proyectos, retomo los aportes de Henri Lefebvre (1) que distingue tres dimensiones para el análisis de la dimensión urbana: práctica espacial, los espacios de representación y representaciones del espacio. La primera hace referencia al espacio percibido de la vida cotidiana y sus prácticas sociales donde las personas desarrollan actividades en tiempo y espacio, especialmente el espacio público. La segunda dimensión, los espacios de representación, se vinculan a la producción de imágenes e imaginarios, usualmente generados a partir de la agregación de cualidades sensibles o morales que reproducen códigos sociales vinculados a sentidos comunes y compartidos propios de la estructura de la sociedad a la que pertenecen, podemos esquematizarlo en artistas en su gran mayoría. Esta dimensión además podrá contar con voces que generen cuestionamientos propios de las estructuras de dominación sobre el deber ser del espacio. La conjunción de estas dos dimensiones genera según Lefebvre el espacio concebido, el significado en disputa producto de la práctica cotidiana y el discurso sobre quienes lo viven. Finalmente, nos encontramos con las representaciones del espacio, lugar donde los planificadores, proyectistas y administradores del estado o el capital toman como un todo abstracto y es insumo de la gestión y organización “desde arriba”. 

El reto de un proceso participativo de escala urbana desde el Estado es generar una planificación, diagnóstico, diseño y ejecución desde una mirada transversal de contacto con habitantes de la ciudad. Teniendo en cuenta las dimensiones mencionadas por Lefebvre, el rol técnico debe navegar entre las mismas reconociendo sus particularidades. En este sentido, el desafío profesional recae en  generar espacios de diálogo y consenso donde los insumos de proyecto den cuenta de los espacios vividos, las representaciones diversas y que dichos proyectos puedan desnaturalizar el abordaje unívoco sobre lo urbano. El dispositivo de co-diseño legítima la existencia de dichas voces y formas de vida corriendo el lugar de los y las proyectistas como portadores de dicho saber. Entiendo que un proceso virtuoso favorece la traducción al diseño del espacio público de formas más democráticas de los mismos.  Dependiendo el proyecto que llevemos adelante y sus particularidades técnicas y políticas, se requerirá de un equipo técnico que pueda adaptar sus herramientas metodológicas para llevar adelante un dispositivo eficaz de trabajo en el territorio. Mi intención es compartir aquellos aprendizajes que he desarrollado en la práctica profesional. 

¿Qué nos aporta el co-diseño para pensar la ciudad?

En numerosos casos, tener en cuenta el co-diseño modifica el flujo de trabajo de los equipos de diseño, debido a que la relación dialógica interrumpe el tradicional esquema de dibujantes y arquitectos. Sin embargo, la diversidad de variables a tener en cuenta cuando las recomendaciones provienen de las realidades territoriales generan soluciones innovadoras a los proyectos de espacio público. El proceso de desnaturalización de la idea de “usuario” tan comúnmente utilizada en la arquitectura se transforma a la idea de personas. Las personas no solamente usan el espacio sino que lo desean, declaran necesidades y preferencias. Por ende la producción se torna más creativa y transformadoras de prenociones en torno al diseño urbano.

Por otro lado, el proceso de co-diseño permite procesos de prefactibilidad de la obra de arquitectura y espacio público. Es posible identificar potenciales conflictos técnicos o sociales que agilizan la actuación estatal. En este sentido, el co-diseño y articulación con vecinos y vecinas habilita mejoras al momento de pensar desde la perspectiva de diseño universal, incorporando la movilidad y accesibilidad como ejes transversales que dejan de convertirse en parches que se agregan cuando no han sido tenido en cuenta desde el inicio. Según Ingold (2), habitar es dar cuenta de un despliegue de la vida cotidiana a partir de líneas que dejan huellas en la experiencia de las personas. Es decir que proyectar con otres es pensar el espacio en movimiento desde el plano. Es un proyecto vivo y dinámico que deja de entenderse como límites, materialidades y superficies, pasando a convertirse en condiciones de posibilidad.

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